Para mí, recorrer España es como subirse a una montaña rusa, tan accidentada en su orografía como variopinta en sus costumbres; la visión de sus paisajes y la inmersión en su vida cotidiana provoca placer y emoción sin solución de continuidad.
De niño pateaba las calles y barrios de la ciudad en que nací a pie, porque era un niño. También subía y bajaba las escaleras de mi casa (un 4º piso) a pie, por lo mismo. Pero con el correr del tiempo me fui acostumbrando a disfrutar del camino a pesar de la distancia, a no usar casi nunca ascensor, ni bicicleta, ni autobús, si podía evitarlo. Descubría Bilbao con el ansía y el deleite del explorador, como la hormiga, minuciosa y sistemáticamente. Ascendía la empinada cuesta de Irala para ir al Instituto; contaba las cruces en los laterales de las calzadas de Mallona, escalinata que lleva a Begoña y su espléndida Basílica, para bajar después, descontándolos, los 311 escalones que la componen; atravesaba sin prisas y sin paraguas, el largo puente de Deusto, que une su afamada Universidad con el Museo de Bellas Artes, el hermoso Parque de Doña Casilda y la Avenida que lleva al Guggenheim. Las estrechas calles y pequeños cantones del Casco Viejo junto a la Ría emplazan a contemplar la ciudad desde su punto más bajo, desde sus 7 calles fundadoras, en el escenario mismo donde Don Diego López de Haro halló su lugar en el mundo hace más de 700 años. 
Hacia arriba y hacia el Norte, el Gran Bilbao, el Ensanche, el Puente Colgante, la desembocadura del Nervión, el temible mar Cantábrico. La zona industrial en la margen izquierda, la señorial en la derecha. Hacia arriba y en cualquier otra dirección la salida de la ciudad a través de los montes que la circundan. No en vano a Bilbao la llaman el Botxo por estar, como Roma, situada entre montañas. Unos kms. más allá salimos de esta tierra de los mil nombres, Euskadi, ó Euzkadi, Euskal Herría, País Vasco (Basque Country), la antigua Vasconia (Wasconiae), hábitat natural de los vascones, a quienes costó encontrar, según cuenta la historia de la invasión romana.
Hoy la entrada a este reducto inexpugnable se franquea sin tanto esfuerzo por tren, por aire, por autopista e incluso por internet. Pero para mí, sin duda alguna, por afición, por pasión, por devoción, por querencia de alma viajera, no hay elección mejor que la de ir a pie.
0

